LA PREVIA
Por fin, a las 5:00 de la mañana me suena la alarma. Parecerá raro el “por fin”, pero cuando has pasado una noche despertándote cada 20 minutos por dolores de espalda y nervios, el momento en el que suena la alarma y termina ese “descanso obligado”, es un alivio.
La adrenalina hace que no sienta el cansancio después de la noche, pero sí que siento el dolor en la parte superior de la espalda y en el cuello. La noche anterior me dio una contractura fuerte, supongo que de los propios nervios. No me lo podía creer: 3 meses entrenando, evitando lesiones, controlando cargas, pagando sesiones de fisioterapia… para que llegue el día de la competición y tu cuerpo te sorprenda con un dolor de espalda totalmente inesperado.
Pero hago caso omiso: no he venido hasta Grecia arrastrando a varias personas para quedarme en casa. Desayuno algo rápido, de pie en la cocina. Despierto a Ricard, que me acompañará a coger el autobús que me tiene que llevar a la salida, en la ciudad de Maratón, a 42,2 km del centro de Atenas.
Le pedí que me acompañara porque el barrio donde tenemos el hotel no parece muy seguro, pero, al salir por la puerta, vemos ya a grupos de personas calzados con zapatillas y calcetines de colores fluorescentes y dorsales en el pecho que caminan en la misma dirección. Nos unimos a ellos hasta llegar a la parada del autobús. Me despido de Ricard con alguna lagrimilla y me siento en un asiento con otra chica que también va sola.
Durante el viaje hasta Maratón (unos 45 minutos), voy concentrada escuchando las instrucciones que nos dan en griego e inglés por los altavoces. Intento no pensar en los dolores y confiar en que todo irá bien.
Llegamos a Maratón cuando solo son las 7 y quedan todavía 2 horas para la salida. En realidad, no estoy muy nerviosa: sé que lo único que tengo que hacer es correr y aguantar, no tiene misterio, y, además, correr me gusta. No es como en un triatlón, que tiene muchas más complejidades y “peligros”: te pueden dar un manotazo en el agua, te puedes desorientar, o puedes resbalarte en bici o incluso que te descalifiquen por algún motivo…
Durante las 2 horas de espera, tengo tiempo de ir al baño dos veces, oír música, repasar la estrategia de nutrición y repartirme los geles y sales en bolsillos y portadorsales, y, finalmente, estirar y calentar.
Es hora de ir al cajón de salida. Cada vez somos más y se acerca la hora de salir.
SALIDA Y PRIMEROS KM
Un gel con cafeína y, ahora sí, nervios y máxima concentración. Finalmente, nos dan la salida a las 9:05. Empiezo a correr, suave, muy suave, porque tengo a muchas personas alrededor y se hace difícil avanzar. El primer km sale a 5:35. Empiezo a adelantar a muchísima gente, tratando de ir por un lateral para ponerme al ritmo al que quiero ir. Ahora sí, pasan los kilómetros y empiezo a ir más rápido, por debajo de 5. Voy muy cómoda, la espalda se me ha relajado y no la noto, a no ser que intente girarme.
Los 5 primeros km me pasan volando, voy sin música, pendiente de la gente que anima, de los demás corredores, nos saludamos con otros españoles. Hacia el km 8 o 9, me asalta el primer pensamiento desmoralizador: “vale, todo esto está muy bien, pero te queda la h*** por correr todavía”. Me tomo un gel y sigo, intento dividirme el recorrido en 4 partes (de 10 cada una), como hice en la maratón del Ironman.
EL SUBIDÓN DE ENDORFINAS – KMS 16 A 22
A partir del km 11, empezamos a subir. En total, la maratón de Atenas tiene 400 metros de desnivel, pero la verdad es que no me he estudiado mucho el recorrido y no sé cómo están repartidos. Voy cómoda en las subidas, adelanto a bastantes personas. Voy feliz, no me duele nada, ha salido el sol, pero no hace calor, la gente nos anima… ¡Esto es genial! En el km 16 terminamos la subida y empezamos a bajar. Por un momento, pienso que ya hemos subido los 400 metros, ilusa de mí. Incluso saco el móvil y me grabo, explicando que voy genial. Choco manos con los niños del público, aplaudo a los viejitos que salen con sus bastones a animar, ¡casi tienen más mérito que nosotros! Los ritmos son buenos, por debajo de 5 y las sensaciones, inmejorables. Claramente, estoy de subidón de endorfinas.
Bebo en todos los avituallamientos, me tomo los geles, pero, de golpe, me doy cuenta de que se me ha olvidado tomarme las sales. Me pongo la nota mental de tomármelas en el siguiente avituallamiento. Los kilómetros pasan rápido, se ve el mar desde la carretera por donde corremos y el terreno es amigable. ¡Esto mola mucho! Me engancho a una chica que parece que lleve un ritmo parecido al mío. Km 21, ¡ya llevo la mitad! Ahora solo se trata de correr lo mismo que hasta ahora, solo hay que ir restando kilómetros, me digo para negociar conmigo misma. Me pongo la música a tope y voy disfrutando, escuchándola.
GOLPE DE REALIDAD – KMS 22 A 32
Pero a partir de ahí, empezamos a subir. Y a subir, y a subir. A lo lejos, solo veo la multitud de runners corriendo cuesta arriba, no vislumbro la bajada. Me empieza a doler el tobillo, tengo que ir parándome para estirar y me veo forzada a bajar el ritmo. La chica a la que seguía se me escapa cada vez más. Me desaparece la sonrisa de la cara, ya no voy a buscar las manos de los niños, más bien me aparto y corro mirando al suelo. Aunque los km van pasando rápido, la subida no acaba nunca. Pregunto a otro corredor si sabe cuándo terminamos de subir: “en el kilómetro 30”, me dice. Bueno, estamos en el 25, solo 5 más de subida y ya todo bajada hasta meta, pienso.
Pero 5 kilómetros sin parar de subir no son una broma. Del 25 al 30 me noto cada vez más desgastada. Pasamos por algunas zonas con mucha animación y me quito los auriculares para ver si al oír a la gente me motivo. Ya me da igual el ritmo, solo quiero terminar de subir. Empiezo a odiar el recorrido: ¡correr por una carretera asfaltada sin fin es inhumano! Mucha gente empieza a caminar, pero yo, de momento, todavía puedo correr.
BAJADA A LOS INFIERNOS – KMS 30 A 35
Lo de que la subida termina en el 30 resulta que tampoco era verdad. Seguimos subiendo hasta el 32, y, encima, el paisaje empieza a ser bastante desagradable porque estamos entrando en la ciudad de Atenas y ya se sabe que las periferias urbanas no suelen ser muy bonitas. Tengo ganas de parar, pero sé que mi familia y mi amiga me están siguiendo y que me estarán esperando para animarme. Me quito la música para oírlos si me llaman. Finalmente, en el km 35, los veo. Voy corriendo hacia ellos, medio llorando y les doy un beso, para seguir corriendo. Llevan pancartas, aunque no las puedo leer y mi hijo me sonríe. ¡Vaya chute de motivación!
Pero, obviamente, no me dura mucho. A pesar de que ha empezado la bajada, me noto al límite de mis fuerzas. Me empieza a doler muchísimo el lateral de una pierna, tengo que concentrarme a tope para no parar. Vuelvo a negociar conmigo misma: “venga, corre hasta el km 40 y luego ya veremos, quizá incluso puedes andar un poco”.
AL LÍMITE DE MIS FUERZAS – KMS 35 AL 41
Los kilómetros pasan lentos, lentísimos, pero ya estamos en el centro. Sé que lo tengo, que queda poquísimo, pero no puedo más. Empiezo a plantearme el caminar, pero enseguida lo descarto: “venga, Andrea, no tiene sentido caminar, en realidad puedes correr, no hay nada que te lo impida, el dolor no es incapacitante, sigue, sigue”. Voy apretando dientes, el ceño súper fruncido, la gente me anima porque supongo que se me nota el sufrimiento en la cara, y contesto con una media sonrisa, como puedo. Incluso se me empiezan a cerrar los ojos: estoy al límite de mis fuerzas. Pero sigo, mirando al suelo, la mandíbula apretada.
SUBIDA AL CIELO – KMS 41 Y 42
Cada vez estamos en una zona más céntrica y sé que la meta está al caer. De golpe, damos la vuelta a una esquina y se abre ante mí una avenida con una bajada pronunciada, con muchísima gente a ambos lados, todo el mundo animando, suena una canción en español que dice “salió el soool”… y, de golpe, el sol me ilumina. Es una señal: ¡esto se acaba, dale fuerte, Andrea! Subo el ritmo, sonrío y me pongo a llorar, y sé que ya lo tengo. Bajo toda la calle y, al final, justo antes de entrar al estadio, me llama Ricard: ¡corre, que ya lo tienes! Corro los últimos metros como puedo y entonces entro al estadio Panathinaikó, donde veo el arco de meta. La sensación es indescriptible, rompo a llorar mientras disfruto del momento. El estadio, imponente, enorme, las gradas con la gente animando, la música, y el arco de meta al fondo. 3 horas 40, marca el cronómetro. Antes de entrar en meta, levanto las manos, señalando al cielo: “mamá, no he parado cuando me he cansado como tú siempre me decías, pero te lo dedico, esto va por ti”.